El desprecio por el centavo
-por Francisco Delich
En su edición del ocho de abril pasado LA NACIÓN informó “Se pierden $1.450 millones
anuales por vueltos que no son reclamados”. En el artículo se sostenía también a partir de
investigaciones de PRODELCO (Mendoza) el incumplimiento de la Ley 25.954 que estipuló las
formas de redondeo.
Unos días antes había comenzado a discutirse en la Comisión de Legislación General de
la Cámara de Diputados una modificación de aquella ley pero insistiendo en el redondeo. Es
curioso cómo a veces podemos discutir soluciones a problemas artificiales. ¿Para qué redondear
si existen monedas de un centavo en adelante?
Días antes presenté un Proyecto de Resolución mediante el cuál la Cámara solicitaba al
Banco Central de la República si existían suficientes monedas de un centavo en adelante circulando
en el país. Antes de que la Cámara lo tratase el Banco Central respondió a través de LA
NACIÓN el 29 de mayo, sosteniendo que “existen más de cien monedas por habitante, pero
igual escasean”. El Banco Central atribuye a un problema cultural “... no existe la cultura del
centavo y por ende, la gente no valora las monedas”. A esto último quiero referirme sin perjuicio
de observaciones propiamente económicas.
En primer lugar, conviene incluir “esta cultura” como formando parte de la cultura inflacionaria
de una sociedad acostumbrada durante décadas a convivir con la inflación.
“El redondeo” no es sino la resignación a convivir con una situación en la cuál una aparente
indisponibilidad monetaria termina en su aceptación como un hecho natural y que además se
corresponde con una filosofía social implícita.
El final abrupto de la inflación en los años noventa tuvo una consecuencia inesperada. La
sociedad comprendió que la inflación estructural que nos persigue desde mediados de los
años cuarenta ha sido invariablemente en perjuicio de los más pobres. De modo que este
desprecio por los centavos, estos regresos a los síntomas inflacionarios no puede dejarnos
indiferentes.
Tengo por lo menos tres hipótesis para explicar esta actitud inconsciente de desprecio
por el centavo.
Antes me permito recordar que en uno de los libros más conocidos y mejor escritos por
Max Weber La ética protestante y el espíritu del capitalismo valorizó el respeto por el centavo
citando unas máximas de Benjamín Franklin, que hacían del cuidado del centavo la base del
ahorro y en consecuencia del primer capitalismo, el de la primera revolución industrial, que sería
desplazado luego, desde los años veinte del siglo XX, por la producción de masas para el
consumo de masas. El cuidado del centavo era una condición de la movilidad social y del
progreso común.
Primera hipótesis. Lo pequeño no es importante. Cuando la cultura solo se conmueve,
como ha sido la cultura de masas del siglo XX por todo aquello cuantitativamente mensurable, el
rascacielos más alto, el río más largo, las cataratas más profundas, los autos de mayor velocidad, las casas pequeñas, los arroyos o las artesanías n0o carecen de belleza pero no suscitan
admiración ni sobre todo emulación. Lo pequeño es bello se escribió a comienzos de los
ochenta. Ya lo olvidamos.
Segunda hipótesis. En nuestro país este privilegio de lo cuantitativo sobre lo cualitativo se
corresponde con un ciertos desdén por la precisión a la que asociamos con suizos o japoneses,
culturas exóticas e inalcanzables (e indeseables). Vivimos en una cultura del “más o menos”.
Como lo señale en otras partes se corresponde con un sistema educativo que no atiende
la calidad y rechaza las evaluaciones.
Tercera hipótesis. Acaso por inconsciente la más cruel. Herederos de no se sabe qué
aristocracias exógenas o locales el desprecio por el centavo se corresponde con el desprecio
al que necesita el centavo, el que reclama el centavo, el que puede vivir sumando centavos de
aquí y allá.
La aparente magnanimidad del que no reclama el centavo de vuelto, del que supone que
reclamar el centavo es un acto de patética avaricia, no está siendo generoso sino sumándose al
peor de los hábitos insolidarios.
Necesitamos recuperar la cultura del centavo que este país, nuestro país, tuvo hasta la
década del cuarenta cuando junto con el ingreso a la escuela pública cada niño recibía una
libreta de ahorro en la cuál sus padres, aún los humildes – como los míos- podían pegar mensualmente
una estampilla de pocos, poquísimos centavos. Cinco centavos eran – entonces- un
buen aporte, la evidencia del esfuerzo de padres modestísimos para enseñar a sus hijos el
valor del esfuerzo.
Noviembre/2006
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